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10 porqués a favor de una universidad gratuita

martes, 1 de septiembre de 2015

Un relato sobre pértigas, fregonas y marcianos.

En "No necesitamos ninguna educación" comentamos el significativo descenso de matriculaciones en las universidades españolas en los últimos cursos, tras la implantación del tasazo de 2012. En ese post reflejamos una serie de datos elocuentes sobre la situación, y se enlazaron ideas que quedaron sin desarrollar para hacerlo en una ocasión posterior. ¿Qué ocasión mejor que el inicio del curso escolar?

La idea principal que se expuso someramente es simple en su planteamiento pero sin duda muy complicada en su desarrollo: la supresión de las tasas universitarias en España. Y sobre esta idea quiero aportar una serie de argumentos a favor, sin mayor pretensión que la de exponer una opinión personal, que sin duda encontrarán sus propios argumentos en contra. De hecho, no es un debate nuevo, ni original, ni con visos de concluir en un futuro próximo, y como sucede en cada una de las manifestaciones políticas de una sociedad, siempre encontrará cuando menos dos puntos de vista al respecto con una escala de grises infinita entre ellos.

Para tratar de acotar esta multitud e ir perfilando el objeto de este post, se presentan de forma muy breve los dos modelos predominantes:
  • Modelo anglosajón: el esfuerzo económico de la formación universitaria recae principalmente en el estudiante, como beneficiario de la misma.
  • Modelo nórdico: la educación es un bien común y la sociedad en su conjunto será la beneficiaria de los frutos que coseche, por lo que el Estado asume en su totalidad el coste.
El debate no es nuevo, como decía. Por poner sólo un par de ejemplos en nuestro país, mencionaremos Factor U, que promulga el debate en el seno de la propia universidad, concretamente desde el CICUS (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla), o el proyecto AlterBeques, promovido por la Fundació Jaume Bofill, abierto a la participación ciudadana y que investiga sobre modelos alternativos de financiación, del que he tomado prestadas algunas de las referencias que aporta el post.

No hace falta repetir con qué modelo comulgo. Entiendo que existen varios porqués para ello:
1- Porque la universidad, desde la segunda mitad del siglo pasado, ha sido el "ascensor social" por excelencia, que ofrecía un medio por el que los ciudadanos de los estratos sociales menos favorecidos pudieran ir subiendo en el escalafón social gracias a la formación recibida. La necesidad de esta funcionalidad no desaparece: sigue habiendo estratos desfavorecidos y un Estado de "vocación social" debe favorecer el medio para mejorar su situación, dándoles la caña y no regalándoles pescado. Eliminando el coste económico de la Universidad, se allana la entrada de estos estudiantes a la educación superior.

2- Porque favorece la igualdad real de oportunidades: en los tiempos recientes hemos asistido al enarbolamiento de la "meritocracia" como un argumento fundamental para volver a cambiar la ley orgánica que regula la Educación española. La meritocracia, como la entiendo yo, es que llegue más alto el que más méritos haga. Pero para poder mesurar quien llega más alto desde un perspectiva de justicia social, no sólo habría que mirar hasta dónde alcanza el "salto", sino también con qué se salta. Medir solamente hasta dónde se llega sería como si en una competición de salto con pértiga a un atleta le diéramos una pértiga reglamentaria y a otro un palo de fregona. Está claro quien saltará más alto, ¿pero será justo vencedor por ello?  En los estudios pasa algo parecido: un estudiante con pértiga propia (es decir, con recursos económicos) si quiere, acabará llegando al objetivo; y no sólo eso, después puede seguir formándose (postgrados económicamente inaccesibles para una gran mayoría de la sociedad, idiomas...); y aún más, puede tardar más tiempo en finalizar sus estudios. Un estudiante con una pértiga en forma de beca cuenta con una herramienta muy frágil, que puede quebrarse en cualquier curso, por lo que el tiempo no le sobra, y que en muchos casos es insuficiente y ha de ser complementada con trabajos compaginados con los estudios, lo que evidentemente resta capacidad competitiva a este alumno respecto al que trae su pértiga de casa. 
Eliminando el coste económico de la Universidad, se puede asegurar algo la permanencia de estos estudiantes en la educación superior, al menos la parte hasta donde el Estado puede llegar. Podemos ilustrar esta circunstancia con esta presentación de 4 diapositivas, "100 students start college. Who graduates?" que publicó The Washington Post (poco sospechoso de planteamientos bolivarianos, dicho sea de paso).

3- Porque asimilaríamos nuestro sistema al de una parte nada desdeñable de los países de nuestro entorno, en algunos casos los referentas educativos en los que nos queremos reflejar, al menos de boquilla: Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca o Alemania. Y no sólo eso, además reciben becas; y más cuantiosas que las de España (que de hecho se han visto reducidas en un 27% con el actual Gobierno); y afectan a más estudiantes que en España (salvo Alemanía), y en el paroxismo educativo, algunos de estos marcianos nórdicos como los daneses y finlandeses se atreven de becar a la totalidad de los estudiantes. En cuanto al esfuerzo económico que realiza España en la asignación de becas, como señalaba en el II Factor U José Antonio Pérez García, asesor de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) en materia de Educación, según los datos oficiales del ministerio dicho gasto apenas representa el 0,11 del PIB, cuando la media de la OCDE es del 0,28. Recomiendo la lectura del artículo de Anna-Clara Martínez "Hablemos de tasas y becas", del que comparto el siguiente gráfico y quiero destacar este párrafo:
"Según el National Student Fee and Support systems in European Education (cuya traducción vendría a ser Estudio del Sistema de Financiación al Estudiante en los Estudios Superiores en Europa) del curso 2014-15, publicado por la Comisión Europea, España está entre los 10 países que tienen el precio del grado más caro y entre los que menos becas ofrecen a sus estudiantes."

 Fuente: Anna-Clara Martínez, publicado en Debate 21 (de donde lo tomo) y Economía Digital.

4- Porque no es un gasto, es una inversión: ¿por qué cuando una empresa destina fondos de su capital económico, bien de sus reservas o a través de financiación, para desarrollar o comprar nuevas tecnologías, maquinarias o el propio marketing se le llama inversión, y cuando el Estado destina fondos para educar a sus ciudadanos, y gracias a ello logra progresar, se le llama gasto? El Estado, como todo agente económico, debe invertir para crecer, y en quién mejor se puede invertir que en las siguientes generaciones. ¿Que la crisis no lo permite? Precisamente por la crisis, mayor motivo para invertir en unas generaciones que cada vez padecen mayor riesgo de exclusión social, como vimos en este gráfico compartido en el anterior post.
  Fuente: Kiko Llaneras, "Cuatro gráficos que explican el voto de los pensionistas españoles", en www.elespanol.es


5- Porque favorece el desarrollo económico del país: la relación positiva entre aumento del nivel educativo de una sociedad y su modernización económica y progreso generalizado es algo probado. Contamos con ejemplos desde los países asiáticos, comenzando por Japón, como recoge David Jiménez en su artículo "¡Es la educación, estúpidos!" (El Mundo), hasta la renombrada Finlandia. La reducción o supresión de costes económicos en el acceso a la educación superior sería un claro estímulo para el aumento de las matriculaciones. Y consecuencia de la mejora del capital humano en la cadena de producción, puede mejorarse la misma en cuanto al aumento del valor añadido, a partir del desarrollo de productos de base científica y tecnológica y de la transferencia de ese conocimiento a la sociedad. En resumen, lo que han hecho los países anteriormente citados. ¿O es que el talento español se limita al ámbito deportivo, a la producción artística y a la prestación de servicios? No lo creo y a muchos ejemplos podemos remitirnos, y nuestros políticos dicen creer en la existencia y en la necesidad de desarrollar ese talento (desde el famoso cambio de modelo productivo que se empezó a formular cuando la burbuja inmobiliaria iba a reventar, hasta la reciente promoción de la marca España). Pero aquí ha caído la inversión en investigación hasta niveles de 2005 e incluso llega a amenazar la presencia de centros de investigación españoles en sociedades científicas internacionales por impago de cuotas.

6- Porque tendríamos un proyecto común transversal en cuanto a su influencia en el resto de dimensiones sociales, una auténtica política de Estado, costumbre de la que tanto adolece España, y que en el caso de la Educación es especialmente sangrante: 7 leyes orgánicas en poco más de 30 años, siempre a merced del partido gobernante y de sus intereses partidistas y electorales. Recordemos el repetido proverbio africano "Para educar a un niño se necesita a la aldea entera", que toma prestado incluso UNICEF.  Respecto a la evolución legistativa, es muy recomendable el post de J.M. García-Patos "De la Ley Moyano a la Ley Wert", en el que repasa todo su devenir, iniciando su análisis en la Ley de Instrucción Pública de 1857, además de ofrecer el enlace a todos los textos desde la Transición.

7- Porque favorece la cohesión social: desde una perspectiva generacional, como joven, pertenecer a una sociedad que se va a preocupar de proveerte de los medios necesarios para desarrollarte en tu vida laboral lo mejor posible en la medida de tus capacidades, generaría más que presumiblemente arraigo, sentimiento de pertenencia a dicha sociedad. Desde una perspectiva territorial, la asunción de este modelo común eliminaría de raíz el desequilibrio que se ha generado entre las distintas CCAA, y presumo también que reduciría ciertas desaveniencias actuales.

8- Porque la pirámide de población española lo agradecería: representaría una política de natalidad en sí misma. Como señalaba el estudio de la Fundación La Caixa "El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español" en 2013, la tasa de fecundidad española (1,3 hijos de media), además de ser de las más bajas a nivel mundial y no asegurar el relevo generacional, está muy por debajo de los deseos de los progenitores (2,2). Como señalaba en la presentación del informe Gosta Esping-Andersen, coordinador del trabajo y catedrático de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, esto genera un "déficit de bienestar profundo". Y esta estrategia familiar encuentra en muchos casos los motivos económicos como freno a esa aspiración. Asegurar la educación de los hijos hasta el nivel superior sin duda repercutiría favorablemente en un cambio de tendencia en esas estrategias. Si no le convence este argumento, recuerde que en este país se consideró como una medida de impulso económico la limitación del derecho al aborto en tanto que aumentaría la natalidad. Sí, en serio. ¿En los años 70-80? No, en 2014

9- Porque favorece la calidad democrática del Estado y una mejora integral de la sociedad: una mejora del nivel cultural de la sociedad, objeto para el que la universidad juega un papel primordial, conlleva la formación de ciudadanos mejor informados, más críticos, más vigilantes y más participativos, como defiende la norteamericana Lumina Foundation, cuyo objetivo es que la educación post-secundaria alcance al 60% de la población estadounidense en 2025, que presentan así y cuyo seguimiento realiza a través del programa A Stronger Nation Through Higher Education (el nombre ya dice mucho). También quiero citar a Jari Lavonen, decano de la Facultad de Educación de la Universidad de Helsinki, en una entrevista en La Vanguardia: "Nuestra visión de la educación es holística. Por supuesto que existe una correlación entre nivel educativo y progreso económico, pero hay algo más. Una persona educada tiene una vida más plena, más recursos vitales, cuida mejor de su salud, disfruta más la vida. Ese es al menos el objetivo."

10- Por una cuestión de higiene moral: basta ya de desigualdades de base. Basta ya de que el pobre tenga que ser excelente y que al rico le pueda bastar con ser constante para llegar al mismo punto. Basta ya de la beneficiencia moral del Estado para con la educación de sus ciudadanos y con la formación de su futuro, individual y colectivo.

Dicho todo esto, evidentemente la sola adopción de una medida de este tipo no es la panacea ni resolverá todos los problemas con los que cuenta nuestro sistema educativo. Pero sería un paso fundamental en el camino, en tanto que se sitúa el objetivo en la fase final del proceso educativo. Esta medida debería ser una más dentro de una profunda revisión del modelo, tan profunda como consensuada, en la que se fortalecieran todos los niveles educativos previos y se ofrecieran alternativas realmente atractivas a la formación universitaria, no como las que ofrece la vigente Ley (la formación profesional, volviendo a citar el análisis de García-Patos y sus reflexiones, queda como un reducto para los que no acaben la ESO o como un caladero de mano de obra barata (e incluso gratuita) para las empresas). Y debería acompañarse de políticas de igualdad de género y de conciliación de la vida laboral y familiar. Como hacen los marcianos nórdicos. Es una cuestión de prioridades.




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